Lo que sucede cuando se intenta domesticar el arte

Brett Bailey fue denunciado por racismo, el tema sobre el cual él ponía el foco.

En los últimos tres meses, varios casos de censura dieron la vuelta al mundo y reactualizaron el debate sobre el papel de curadores y directores de museos; los ecos se oyen también en Buenos Aires.

¿Pueden ponerse límites a la libertad de expresión de los artistas? La suerte que corrieron algunos directores de museos últimamente tras intentar hacerlo parece indicar que no. En pocos meses, dos instituciones de renombre protagonizaron papelones mundiales: una artista estuvo presa y una performance recorrió Europa con manifestaciones en contra y varias clausuras. La violencia, la discriminación, la dictadura o el colonialismo parecen despertar estupor cuando son representados por un artista.

Otras realidades son más tolerables cuando están pintadas al óleo. Por ejemplo, el revuelo que causó la artista Deborah de Robertis en el parisino Museo de Orsay en junio pasado cuando, sin permiso ni preaviso, se ubicó debajo del cuadro de Gustave Courbet El origen del mundo y mostró su sexo para recrear la pintura. Algunos aplaudieron, los guardias reaccionaron nerviosamente y el video de Espejo de origen le otorgó rápida fama planetaria en Internet.Sin duda, más grave es el culebrón que se leyó en los diarios españoles la semana pasada. Bartomeu Marí, director del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (Macba), canceló la exposición La Bestia y el Soberano a horas de inaugurarse, porque los curadores se negaban a retirar una escultura en la que el rey Juan Carlos era vejado. Se levantaron voces en reclamo por un museo más democrático y en rechazo a la -brutal- medida.La pieza en cuestión, Haute couture 04 Transport (Alta costura 04 Transporte), es de la austríaca Ines Doujak y del británico John Barker, y representa al rey montado por una mujer de rasgos indígenas, inspirada en la líder social boliviana Domitila Barrios, que a su vez es montada por un perro. El monarca está en cuatro patas sobre cascos de guerra oxidados de la SS y vomita flores de aciano. Doujak viene trabajando la problemática del colonialismo desde hace décadas y la misma pieza integró la 31» edición de la Bienal de San Pablo en 2014 sin demasiada alharaca.

Ante el estupor general por su reacción, el director reabrió las puertas de la muestra el 21 de este mes. Explicó Marí en una carta pública: «La publicidad dada a la obra y las opiniones emitidas por muy diferentes sectores de la sociedad […] me han hecho reconsiderar la decisión».

Fue más escandalosa su censura que la escultura en sí, más aún después de las movilizaciones en favor de la libertad de expresión de los artistas motivadas por la masacre de Charlie Hebdo. El resultado: una enorme cantidad de público. El primer sábado hubo un 48% más de visitantes de la media habitual para ese día de la semana. El último capítulo llegó hace exactamente una semana, con la renuncia de Marí, no sin antes despedir a los curadores españoles, Valentín Roma y Paul B. Preciado, aduciendo una «pérdida irrecuperable de confianza» en ellos.

«Lamento que esta situación se haya planteado con Bartomeu Marí, ya que lo aprecio personalmente», dice por aquí Andrea Giunta. La historiadora e investigadora del Conicet vivió una situación similar en 2004, cuando la retrospectiva de León Ferrari en el Centro Cultural Recoleta suscitó protestas, destrucción de obras, repudios de organizaciones religiosas y una denuncia penal.

Como curadora, Giunta se mantuvo firme, apoyando al artista. «Me he visto en situaciones complicadas, generadas por la tensión que siempre existe entre instituciones y artistas. Nunca censuré una obra de un artista ni lo haría. Esta tarea requiere una posición ética, que en mi caso se sustenta en mi confianza en el poder transformador del arte. Aprobada la exposición, fuese consciente o no de lo que iba a exponerse, su responsabilidad es no intervenir eliminando obras controversiales. Eso se denomina, correctamente, censura», dice.

En México, la censura de una muestra este año terminó igual: con el museo descabezado. El Jumex suspendió el 30 de enero pasado la muestra del artista austríaco Hermann Nitsch luego de recibir un petitorio con 5000 firmas en su rechazo, por uso de sangre animal.

Las pinturas ya estaban en camino, y los artistas e intelectuales también hicieron oír su reclamo. «Fundación Jumex debió mostrar a Nitsch y dejar que nuestras polémicas ocurrieran», dijo por Twitter el crítico Cuauhtémoc Medina.

Patrick Charpenel, director de la fundación, indicó que la suspensión se debía a la coyuntura sensible, política y social, por demás sangriento. Charpenel presentó su renuncia, según publicó The New York Times, y la noticia repercutió en todos los diarios mexicanos. Se espera el comunicado oficial.

«La censura es una acción terrible y retrógrada que salpica al que la ejerce», dice Agustín Pérez Rubio, director del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba) y antes de otros museos en España.

«Si un director siente que no tiene los recursos o la libertad necesaria para dirigir un museo debe renunciar. Lo que no entiendo es por qué Marí despidió a los curadores, que estaban haciendo correctamente su trabajo», señala.

Justamente, uno de ellos, Paul B. Preciado, estará en junio próximo en el país para dictar una conferencia sobre las nociones de cuerpo, poder y capitalismo, en el marco de la exposición Experiencia Infinita.

Con más de 80 personas en obras vivas, esta muestra también generó comentarios azorados: sucede que en una de las piezas, el performer tiene al aire su miembro viril. «Si de una exposición enorme lo único que alguien comenta es eso, bueno, habla de sus propios pudores. El arte es libre y hay que saber mostrarlo sin fiscalizar», dice Pérez Rubio.

Sus medidas para la correcta exposición de Suspensión de la incredulidad, la pieza de Diego Bianchi, han sido disponer la performance en un espacio cerrado, poner advertencias y explicaciones en el ingreso y que el performer esté de espaldas al público: para verle el pene hay que rodear la instalación.

«Creo en la pluralidad de voces, creo que hay que permitir que el público tenga acceso total y que cada uno decida sobre lo que ve y lo que le sucede frente a una obra compleja», reflexiona Bianchi. En arteBA 2013 otra obra suya dio que hablar: Estado de Spam, una instalación con trabajadores callejeros que quiso hacer más visibles. Pero Bianchi sufrió el colmo del artista con conciencia social: fue acusado de discriminador.

«Fue la interpretación de mi discurso lo que hizo que una obra potente fuera mal interpretada», recuerda. Tuvo que trajinar canales de televisión explicando lo que no hay que explicar.

«Una obra puede y debe generar múltiples lecturas. Que genere incomodidad, oposición, desacuerdo o confusión me parece bien. Creo que el arte no debe denunciar, ni aleccionar, ni ejemplificar, ni documentar. Más bien, poniendo la realidad bajo la lupa, nos deja expectantes y sin respuestas frente a los problemas. Cada espectador debe encontrar el sentido. Estamos malacostumbrando al público a la sobreinterpretación: lo estamos subestimando, y eso me parece peligroso. Cuando los artistas trabajan en este margen ambivalente corren riesgo, pero eso está bien», explica.

También en enero pasado la cubana Tania Bruguera (que participará de la Bienal de Performance en abril) fue liberada después de que más de mil artistas de todo el mundo lo reclamaron en una carta abierta al presidente Raúl Castro. Había sido arrestada por su obra Tatlin’s Whisper #6, un micrófono dispuesto en la Plaza de la Revolución de La Habana para que los ciudadanos expresaran libremente sus ideas sobre el país que quisieran tener. Ahora se encuentra retenida en Cuba y no puede volver a París, su ciudad de residencia desde hace diez años.

«Si como curadores no garantizamos un espacio de libre expresión para el arte, aun cuando no comulguemos con las ideas que éste expresa, estamos contribuyendo a desactivar uno de los motores de transformación de los esquemas sociales. Estos se manifiestan a partir de ideologías, de límites tan opinables como el buen gusto, la intención de evitar herir sensibilidades u otros principios ambiguos. El arte irónico, grotesco, sarcástico, incluso fuera de la ley, ha contribuido a transformar los modos de concebir la sociedad. Su sentido crítico, con el que podemos no acordar, es necesario. Como curador o como funcionario, censurar una obra o una exposición implica eliminar pensamientos conflictivos, formas del desacuerdo expresadas en ciertas obras. Implica suscribir a la idea de que el arte debe ser domesticado», reflexiona Giunta.

En diciembre pasado, otra muestra provocó manifestaciones en contra: Exhibit B, del sudafricano Brett Bailey. Incluía doce retratos vivos de personas negras enjauladas o encadenadas. Fue acusado de aquello mismo que querían denunciar: racismo. En Londres se suspendieron las puestas por las protestas generadas. En París, en el Centro Cultural Centquatre, la obra recibió una denuncia en la justicia, que se resolvió a favor del artista.

El director del espacio, Manuel Gonçalves, difundió el comunicado «Debate sí, censura no». «Esa obra de arte denuncia sin ambigüedad toda forma de deshumanización, de racismo», defendía. Para que el arte siga siendo indomable, transgresor, libre, parece clave el rol de curadores y directores de instituciones, responsables de cuidar las condiciones de exhibición y de respaldar a sus artistas. Y algo más: no se puede confundir al denunciante de una injusticia con sus ejecutores. Es matar al mensajero.

agustín pérez rubio

Director del MALBA

«La censura es una acción terrible y retrógrada que salpica al que la ejerce».

Fuente: La Nación

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