Arquitectura y diseño industrial: sus supuestos en debate

FRONTERA CALIENTE. Zapatos Nova para la firma United Nude, por Zaha Hadid
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Aprovechando el Día del Arquitecto Argentino y el Día Mundial del Diseño Industrial, ponemos el foco sobre algunos cuestiones que afectan a las dos disciplinas. ¿Son ciertas o injustificadas las suspicacias entre ambas?.

La discusión sobre las peculiaridades de los campos del diseño industrial y la arquitectura va más allá de la experiencia individual. No se trata de pensar si un arquitecto puede hacer objetos, hecho que los talentos de Le Corbusier, Jannello o Bonet dejan en claro. Tampoco se trata de decir que los diseñadores no pueden hacer edificios “porque no están autorizados legalmente”. Se trata de ahondar en los saberes de cada disciplina para conocer en qué se vinculan y en qué se distancian. El resultado incluso podría ser alentador: encontrar los aportes que ambas profesiones pueden hacerse mutuamente para mejorar la práctica en su propio ámbito.

 

“Los arquitectos creen que pueden resolver desde una cucharita hasta un edificio y no es cierto. Por supuesto que hay arquitectos que son excelentes diseñadores, pero son casos particulares. El diseño de objetos no está en su campo disciplinar”, sostiene Daniel Wolf, Coordinador del Departamento de Diseño de Objetos y Productos y el de Investigación y Producción de la Facultad de Diseño y Comunicación de la Universidad de Palermo. “El arquitecto tiene como prioridad la estructura y las condiciones de habitabilidad, mientras que los diseñadores pensamos en el objeto”, agrega. Wolf fue alumno del arquitecto Ricardo Blanco, y por eso lo menciona en una reflexión que hace en voz alta: “Blanco decía que el arquitecto diseña con una ubicación y un entorno. Piensa la unicidad de la casa, quien va a vivir ahí.

 

El diseñador no tiene que pensar en cada caso, al contrario. Tiene que pensar en procesos para producir a bajo costo, en serie, y tiene los conocimientos para trabajar con mayores detalles”.

 

La manera de pensar, eso que algunos profesionales definen como “parecida, porque son carreras proyectuales” y que a otros les parece diferente, es lo que une a la arquitecta Diana Cabeza y al diseñador industrial Martín Wolfson en el Estudio Cabeza. Y no porque tengan el mismo proceso mental, precisamente. Wolfson lo describe así: “Diana proyecta como arquitecta, desde el entorno. No puede mirar el producto sin antes mirar el contexto, y a mí me pasa al revés”. Para Wolfson la arquitectura y el diseño industrial son disciplinas complementarias. Esta mirada se refleja en sus trabajos en la Ciudad, como las estaciones del Metrobús, que Wolfson entiende como microarquitectura. “Creamos situaciones para que sean habitadas. Hacemos estudios ergonómicos, analizamos cuestiones funcionales, pensamos en el entorno a la intemperie y en la instalación. Es microarquitectura porque generamos un hábitat. Sucede que también las pensamos para que se repitan en serie, lo que implica indefectiblemente una reproducción industrial”.

 

El ejemplo de Wolfson, en tanto equipamiento urbano, le sirvió al arquitecto Alberto Varas para pensar en el cruce entre las disciplinas. Hace algunos años, Varas le había confesado a ARQ que creía que la arquitectura y el diseño tendían a parecerse cada vez más. Recuerda que eso lo dijo en un contexto en el que observaba trabajos de arquitectos jóvenes, pero afirma que mantiene esa sensación. “En algunos aspectos se parecen. De hecho pasa en la ciudad, donde el equipamiento es muy importante como parte del paisaje urbano y tiene peso propio en la cultura. Es decir, está claro que existe un acercamiento y es algo positivo, porque tenemos la necesidad de trabajar juntos”.

 

Varas defiende la idea de una mayor comunión entre las profesiones, aunque encuentra firmes barreras entre la arquitectura y el diseño. “La escala, por ejemplo, es un límite. Y además no tenemos los mismos objetivos. La arquitectura es una disciplina espacial y el diseño es del objeto, tiene rasgos más escultóricos. En el diseño industrial esto no es un elemento más, toda la lógica instrumental es mucho más maquínica”.

 

Wolf desacuerda. “La resolución de un galpón también la puede hacer un diseñador industrial. Pensar en la escala como límite es obsoleto”. Sin llegar al extremo de un galpón, el diseñador Eduardo Naso confirma que un diseñador puede hacer pie en la arquitectura, así como el arquitecto crea objetos. No pensaba lo mismo hace más de una década, cuando afirmaba: “Un arquitecto está preparado para proyectar casas, edificios y ciudades. Por eso, se supone que puede proyectar otros objetos de menor tamaño, sin considerar los criterios y conocimientos específicos de los diseñadores industriales”.

 

Hoy reconoce que las limitaciones son más difusas en ambos lados. “Hoy mi estudio está formado en un 50% por arquitectos y el resto por diseñadores. Incluso estamos entrando en el ámbito del espacio a través del diseño de un local comercial. Es decir, opero en una caja arquitectónica y defino las relaciones dentro de un espacio”, indica Naso.

 

Su experiencia ilustra la convicción de Wolfson: “Creo más en lo profesional que en lo académico. En la práctica, tal vez el arquitecto tenga la capacidad para diseñar el mobiliario de un edificio, solo que la falta de herramientas específicas lo haría demorarse más tiempo”, afirma.

 

Será por eso que cada vez son más los profesionales de ambas carreras que se preocupan por romper los límites de su propia disciplina. Naso es uno de los docentes del posgrado Diseño de Mobiliario (DIMO) de la FADU y constata esta tendencia. “El 50% de los alumnos son arquitectos y el resto son diseñadores. “Los arquitectos quieren acercarse al producto y tener más herramientas tecnológicas y de aproximación al objeto. Los diseñadores industriales, en cambio, buscan conocer más sobre la integración de la pieza con el espacio”.

 

Una de las ventajas con las que cuentan los arquitectos es que tienen una organización profesional mucho más establecida. Existen entidades que, entre otras cosas, definen las incumbencias, de manera de evitar la competencia de otros profesionales.

 

Por el contrario, la Asociación Argentina de Diseñadores Industriales suspendió hace tiempo sus actividades y se encuentra en formación –aún muy preliminar– una nueva cámara de profesionales. De todos modos, no parece haber consenso para restringir la intervención de los arquitectos en el proyecto de objetos. Naso opina: “No opondría límites legales a otros profesionales que diseñan, pero sería bueno que existieran algunos condicionantes para que el producto esté respaldado por un profesional, que según se discuta, podría ser arquitecto, diseñador o ambos”.

 

Wolfson acuerda en parte: “Yo reclamaría una autorización dependiendo de lo complicado que sea el objeto y del peligro que implique su uso, como por ejemplo, en los instrumentos quirúrgicos. No me parece necesario en otros casos”.

 

Así como Wolf es crítico de la actitud de algunos arquitectos, también tiene desavenencias con ciertos pares. “Existe una moda del diseño sustentable que miro con un poco de candidez, porque son cosas que exceden a la disciplina. Así como me parece excesivo que los arquitectos digan que se proponen mejorar la calidad de vida de la gente, opino lo mismo sobre los diseñadores que piensan que con su trabajo van a solucionar el problema medioambiental.

 

Hay buenas intenciones, pero son discursos de la Modernidad. El punto en contacto entre ambas profesiones es que están al servicio del consumo”. E interpela: Los diseñadores tenemos que reflexionar sobre nuestra responsabilidad de generar objetos innecesarios, porque la verdad es que está casi todo resuelto.

 

La solución a la contaminación no la tiene una bicicleta de bambú, es un tema que corresponde a la esfera política”.

 

El ámbito universitario se hace eco de las influencias entre la arquitectura y el diseño industrial. E incluso, en algunos casos hasta pretende profundizar esta integración. En la FADU-UBA, por ejemplo, se está debatiendo un cambio en los planes de estudio de ambas carreras de modo de integrarlas en la mayor cantidad de materias posible. La discusión ya comenzó y se desarrollará durante todo 2014 y 2015 entre los diferentes niveles y claustros. Leandro O’Flaherty, director de la carrera de arquitectura en la FADU-UBA explica: “ Tenemos que adaptar el perfil profesional, porque hoy está siendo atravesado por otras disciplinas. El país cambió, hay nuevas tecnologías y los medios amplian las fronteras de trabajo. La mayor parte de los contenidos no necesitan ser cambiados pero sí deberíamos hacer algunas combinaciones”. O’Flaherty considera que el perfil de profesional que está preparando hoy la UBA es de “el de un proyectista tradicional, cuando deberíamos generar profesionales para la construcción y capaces de gestionar”.

 

En la Universidad Nacional de Cuyo (la primera del país en contar con una carrera de diseño) también existe una mirada crítica interna. Luis Sarale, vicedecano de la facultad de Arte y Diseño afirma: “Hoy tenemos un escenario de oportunidades, pero las universidades públicas estamos desencajadas de la demanda real. Deberíamos devolverle a la sociedad el aporte que hace en educación”. En este sentido, Sarale menciona que en la FAD-UNCuyo dirige una cátedra libre llamada “Diseño y territorio”, en la que los estudiantes se forman para cumplir con las necesidades de la región.

 

Por Inés Álvarez

Fuente: Arq – Clarín

 

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